RSS

LA SEXUALIDAD EN LOS ADOLESCENTES

11 sep

EL PUDOR COMO VALOR

 

  • Es parte de la virtud de la templanza que preserva la intimidad de la persona en sus diversos aspectos: alma, partes del cuerpo, sentimientos y pensamientos.
  • Lleva a no mostrar lo que debe permanecer velado. Defiende la intimidad frente a todo lo que pueda dañarla (intromisiones, conductas, imágenes, situaciones).
  • El sentido del pudor lleva a desvelar la intimidad propia y ajena sólo cuando se contribuye de esa forma al mejoramiento, propio y ajeno.

El sentido del pudor es algo innato en la persona, aunque algunas formas externas del pudor puedan variar de una cultura a otra. Pero en todas las culturas hay pudor.

ESENCIA DEL PUDOR

El pudor es un sentimiento natural, sabiamente puesto por el Creador en nuestra naturaleza, para que lo convirtamos, perfeccionándolo, en virtud, es decir, en poder, fuerza que perfecciona, protege y libera lo noble de nuestro ser. No se reduce a cosas que se refieren a la sexualidad.

En sentido amplio, entendemos por pudor la reserva peculiar de lo íntimo, la tendencia natural a ocultar a la curiosidad de los extraños lo que pertenece a la intimidad de la persona o familia, para defenderlo de intromisiones inoportunas que desvirtuarían su valiosa esencia. Allí donde hay intimidad surge el pudor, pues, de por sí, la intimidad se recata, se reserva, se oculta en su propio misterio que al pasar a ser cosa de “dominio público” se desvanecería, quizá de modo irreparable.

Intimo equivale a personal. Por ello, en los ambientes íntimos es donde las personas se encuentran normalmente más a gusto, y se manifiestan libremente sin temor a perderse o a ser interpretadas como ellas no son.

Hay cosas que sólo pueden manifestarse en la intimidad, precisamente porque están muy estrechamente vinculadas a lo más hondo — íntimo — de la persona, hasta el punto de identificarse de algún modo con ella. Al hacerse público, lo íntimo deja de serlo, se desvanece, se pierde como tal, y la persona si tiene consciencia de su propia dignidad, se siente violentada, como si algo precioso de sí misma se hubiera desgarrado y perdido.

La pérdida de las cosas íntimas equivale a la del dominio o señorío sobre uno mismo. El pudor es la tendencia natural a defender el dominio sobre lo más mío, es decir, no las cosas mías, que yo tengo, sino yo mismo, en ese valor que sólo tiene para mí y acaso para aquellas personas tan allegadas que podría decirse que son como una prolongación de mi yo.

Desvelar la intimidad, si no es en un ámbito precisamente íntimo, es como perderse a sí mismo. Se entiende así que, cuanto más rica es una personalidad, más intimidad posee (más amplitud y valor tiene para ella lo íntimo), y por eso, el sentido del pudor es más fuerte.

En cambio, las personas frívolas, carentes de calidad interior, son más fácilmente proclives a descubrir su intimidad, justo por ser algo muy pobre, o de escaso valor a sus propios ojos. Aunque sean egoístas, no se aprecian en lo que valen y así no temen perderse ante las miradas igualmente frívolas de quienes se interesan por esas intimidades tan vacías e inconsistentes.

Ciertamente cabe una patología — una actitud enfermiza — de la intimidad, si ésta se encierra obsesivamente, y se convierte en exclusión y ceguera. Pero el pudor no es una enfermedad sino una señal de vigor espiritual. En parte es innato y en parte — como todas las cosas propiamente humanas- es fruto de una educación deliberada, que enseña el por qué del pudor y a seleccionar lo que de verdad debe reservarse, y de qué modo, y en qué circunstancias pueden comunicarse sin que la persona sufra deterioro alguno.

Pues bien, aunque el pudor es defensa natural ante cualquier violación de la intimidad, tiene peculiar importancia como defensa ante la agresividad de índole sexual a la que la persona podría verse sometida fácilmente de no adoptar ciertas medidas indispensables de seguridad, dada la condición en que se halla la naturaleza humana en este mundo. Para comprenderlo bien, me parece que es oportuno dar un pequeño rodeo. Reflexionemos un poco sobre la mirada, ante la cual despierta — o se pierde — el pudor. Quizá descubramos que con sólo el mirar, de un modo u otro y según sea lo que se mira, la persona se gana o se pierde como persona.

El pudor no es sólo una manifestación relacionada con lo sexual; además, es ese sentimiento ligado a la vergüenza o recato para mostrarnos en otros aspectos vitales como comer, hacer nuestras necesidades fisiológicas e, incluso, ante un trabajo artístico que no se permite ver sino hasta que está terminado.

…..El término “pudor” proviene del latín pudor; así podemos deducir que no ha sufrido cambios etimológicos. Aunque en sus manifestaciones sociales y culturales es un concepto muy discutido e incluso relegado, tiene aspectos que resultan curiosos: por ejemplo, dentro de la mitología griega, Aidos era la divinidad que —junto con Némesis— abandonó la Tierra indignada por la corrupción y, por supuesto, no ha regresado.

…..En las monedas romanas esta divinidad era representada con un velo que ocultaba su rostro; mientras repartía los lugares en el Olimpo, a Júpiter se le olvidó darle un lugar y por ello se oculta, aunque crece junto con la Verdad y el Amor y, según decían, éste último sin el Pudor pierde toda su fragancia y gracia.

……En el Diccionario de Filosofía de Fernando Corripio se describe el pudor como: “honestidad, modestia y recato, una vergüenza honesta y el honor de la mujer”.2 Algunos de sus sinónimos son recato, decoro, castidad, púdico(a). Y los antónimos: impudor, liviandad, indecencia, lascivia, perfidia. 3

…..El pudor se describe como la tendencia a ocultar aquello que está relacionado con la función sexual y cuya vista lo despierta abiertamente. El Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia Española 4 menciona, como primera acepción: “honestidad, modestia y recato” y, en su segunda acepción, dice que proviene de putor, esto es mal olor, hedor.

El criterio de valoración

Desde la perspectiva ética, un objeto tiene mayor valor en la medida en que sirve mejor para la supervivencia y mejora del ser humano, ayudándole a conseguir la armonía y la independencia que necesita y a las que aspira.

Es por tanto esencial que los valores que se elijan y que se persigan en la propia vida se correspondan con la realidad del hombre, es decir, sean verdaderos. Porque sólo los valores verdaderos pueden conducir a las personas a un desarrollo pleno de sus capacidades naturales. Puede afirmarse que, en el terreno moral, un valor será verdadero en función de su capacidad para hacer más humano al hombre.

Veamos un ejemplo. Puedo elegir como ideal el egoísmo, en la forma de búsqueda de la propia comodidad y del propio bienestar, desestimando las exigencias de justicia y respeto que supone la convivencia con otras personas y que exigen renuncias y esfuerzos. La personalidad se volverá entonces insolidaria, ignorando los aspectos relacionales y comunicativos esenciales en el ser humano. Hecha la elección, el crecimiento personal se detendrá e iniciará una involución hacia etapas más primitivas del desarrollo psicológico y moral.

Por el contrario, si se elige como valor rector la generosidad, concretada en el esfuerzo por trabajar con profesionalidad, con espíritu de servicio, y en la dedicación de tiempo a causas altruistas y solidarias, entonces se favorecerá la apertura del propio yo a los demás, primando la dimensión social del ser humano y estimulando el crecimiento personal.

Valores universales

Como acabamos de referir (tal como se deduce del proceso de desarrollo del ser humano), la maduración personal sólo se facilitará procurando eliminar obstáculos que puedan originar una detención de la misma o una regresión a etapas más primitivas (propio interés). Por eso, parece acertado concretar algunos valores universales, deseables para todos.

En este sentido, la formulación clara y precisa del imperativo categórico kantiano ofrece abundante luz. Así, en la segunda formulación del Imperativo, en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, dice: «Obra de tal modo que trates a la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, nunca meramente como un medio, sino que, en todo momento, la trates también como a un fin». Y en la tercera insiste en el mismo sentido: «Pues los seres racionales están todos bajo la ley de que cada uno debe tratarse a sí mismo y debe tratar a todos los demás nunca meramente como medio, sino siempre a la vez como fin en sí mismo. De este modo, surge un enlace sistemático de seres racionales por leyes objetivas comunes, esto es un reino, el cual, dado que estas leyes tienen por propósito precisamente la referencia de estos seres unos a otros como fines y medios, puede llamarse un reino de los fines»

Se trata de aquellos valores que se fundamentan en la dignidad incondicionada de todo ser humano. Una dignidad que -como puede deducirse de su propia génesis- no admite ser relativizada, no puede depender de ninguna circunstancia (sexo, edad, salud – calidad de vida – y demás cualidades).

¿Qué es un principio?

En sentido ético o moral llamamos principio a aquel juicio práctico que deriva inmediatamente de la aceptación de un valor. Del valor más básico (el valor de toda vida humana, de todo ser humano, es decir, su dignidad humana), se deriva el principio primero y fundamental en el que se basan todos los demás: la actitud de respeto que merece por el mero hecho de pertenecer a la especie humana, es decir, por su dignidad humana.

Vamos a examinar a continuación este valor fundamental (la dignidad humana), el principio ético primordial que de él deriva (el respeto a todo ser humano), y algunos otros principios básicos.

 

La dignidad humana, un valor fundamental

 

En la filosofía moderna y en la ética actual se propaga una subjetivización de los valores y del bien.

 

Desde David Hume, existe una corriente de pensamiento que se expresa en la idea de que no es posible derivar ningún tipo de deber a partir del ser de las cosas. El paso siguiente nos lleva a concluir que por valores entendemos nuestras impresiones, reacciones y juicios, con lo cual convertimos el deber en un fruto de nuestra voluntad o de nuestras decisiones.

 

En el positivismo jurídico tipo Kelsen el derecho es el resultado de la voluntad de las autoridades del estado, que son las que determinan aquello que es legalmente correcto – y legítimo – y lo que no lo es.

 

En ética, el positivismo y el empirismo afirman que bueno y malo son decisiones meramente irracionales o puro objeto de impresiones o reacciones, o sea, del campo emocional. Tanto en el positivismo como en el empirismo existe aún, es verdad, la idea de valores, pero sólo como una idea subjetiva o como objeto de consenso. El acuerdo por ejemplo de un grupo o de un pueblo crea los valores.

En realidad esto conduce a un relativismo total. Así por ejemplo, el grupo podría acordar que los judíos no son seres humanos o que no poseen dignidad, y que por tanto se los puede asesinar sin miedo a castigo alguno. Para esta teoría no existe ningún fundamento que se base en la naturaleza de las cosas y cualquier punto de vista puede además variar de una a otra época. No existe ninguna barrera segura de valores frente a la arbitrariedad del estado y el ejercicio de la violencia.

 

Sin embargo, el propio conocimiento y la apertura natural a los demás nos permite reconocer en ellos y en nosotros el poder de la inteligencia y la grandeza de la libertad. Con su inteligencia, el hombre es capaz de trascenderse y de trascender el mundo en que vive y del que forma parte, es capaz de contemplarse a sí mismo y de contemplar el mundo como objetos. Por otro lado, el corazón humano posee deseos insaciables de amor y de felicidad que le llevan a volcarse – con mayor o menor acierto- en personas y empresas. Todo ello es algo innato que forma parte de su mismo ser y siempre le acompaña, aunque a veces se halle escondido por la enfermedad o la inconsciencia.

 

En resumen: ala vez que forma parte del mundo, el hombre lo trasciende y muestra una singular capacidad – por su inteligencia y por su libertad – de dominarlo. Y se siente impulsado a la acción con esta finalidad. Podemos aceptar por tanto que el valor del ser humano es de un orden superior con respecto al de los demás seres del cosmos. Y a ese valor lo denominamos “dignidad humana”.

La dignidad propia del hombre es un valor singular que fácilmente puede reconocerse. Lo podemos descubrir en nosotros o podemos verlo en los demás. Pero ni podemos otorgarlo ni está en nuestra mano retirárselo a alguien. Es algo que nos viene dado. Es anterior a nuestra voluntad y reclama de nosotros una actitud proporcionada, adecuada: reconocerlo y aceptarlo como un valor supremo (actitud de respeto) o bien ignorarlo o rechazarlo.

 

Este valor singular que es la dignidad humana se nos presenta como una llamada al respeto incondicionado y absoluto. Un respeto que, como se ha dicho, debe extenderse a todos los que lo poseen: a todos los seres humanos. Por eso mismo, aún en el caso de que toda la sociedad decidiera por consenso dejar de respetar la dignidad humana, ésta seguiría siendo una realidad presente en cada ciudadano. Aún cuando algunos fueran relegados a un trato indigno, perseguidos, encerrados en campos de concentración o eliminados, este desprecio no cambiaria en nada su valor inconmensurable en tanto que seres humanos.

 

Por su misma naturaleza, por la misma fuerza de pertenecer a la especie humana, por su particular potencial genético – que la enfermedad sólo es capaz de esconder pero que resurgirá de nuevo si el individuo recibe la terapéutica oportuna -, todo ser humano es en sí mismo digno y merecedor de respeto. 

 

Principios derivados de la dignidad humana

 

La primera actitud que sugiere la consideración de la dignidad de todo ser humano es la de respeto y rechazo de toda manipulación: frente a él no podemos comportarnos como nos conducimos ante un un objeto, como si se tratara de una “cosa”, como un medio para lograr nuestros fines personales.

 

Principio de Respeto

 

«En toda acción e intención, en todo fin y en todo medio, trata siempre a cada uno – a ti mismo y a los demás- con el respeto que le corresponde por su dignidad y valor como persona»

 

Todo ser humano tiene dignidad y valor inherentes, solo por su condición básica de ser humano. El valor de los seres humanos difiere del que poseen los objetos que usamos. Las cosas tienen un valor de intercambio. Son reemplazables. Los seres humanos, en cambio, tienen valor ilimitado puesto que, como sujetos dotados de identidad y capaces de elegir, son únicos e irreemplazables.

 

El respeto al que se refiere este principio no es la misma cosa que se significa cuando uno dice “Ciertamente yo respeto a esta persona”, o “Tienes que hacerte merecedor de mi respeto”. Estas son formas especiales de respeto, similares a la admiración. El principio de respeto supone un respeto general que se debe a todas las personas.

 

Dado que los seres humanos son libres, en el sentido de que son capaces de efectuar elecciones, deben ser tratados como fines, y no únicamente como meros medios. En otras palabras: los hombre no deben ser utilizados y tratados como objetos. Las cosas pueden manipularse y usarse, pero la capacidad de elegir propia de un ser humano debe ser respetada.

 

Un criterio fácil que puede usarse para determinar si uno está tratando a alguien con respeto consiste en considerar si la acción que va a realizar es reversible. Es decir: ¿querrías que alguien te hiciera a ti la misma cosa que tu vas a hacer a otro? Esta es la idea fundamental contenida en la Regla de Oro: «trata a los otros tal como querrías que ellos te trataran a ti». Pero no es ésta una idea exclusiva de los cristianos. Más de un siglo antes del nacimiento de Cristo, un pagano pidió al Rabí Hillel que explicara la ley de Moisés entera mientras se sostenía sobre un solo pié. Hillel resumió todo el cuerpo de la ley judía levantando un pié y diciendo: «No hagas a los demás lo que odiarías que ellos hicieran contigo».

 

Otros principios

 

El respeto es un concepto rico en contenido. Contiene la esencia de lo que se refiere a la vida moral. Sin embargo, la idea es tan amplia que en ocasiones es difícil saber cómo puede aplicarse a un caso particular. Por eso, resulta de ayuda derivar del principio de respeto otros principios menos básicos.

 

Vale la pena hacer notar que, en ética aplicada, cuanto más concreto es el caso, más puntos muestra en los que puede originarse controversia. En esta área, la mayor dificultad reside en aplicar un principio abstracto a las particularidades de un caso dado. En consecuencia, convendrá disponer de formulaciones más específicas del principio general de respeto. Entre estos principios están los de no malevolencia y de benevolencia, y el principio de doble efecto.

 

Principios de No-malevolencia y de Benevolencia

 

«En todas y en cada una de tus acciones, evita dañar a los otros y procura siempre el bienestar de los demás».

 

Principio de doble efecto

 

«Busca primero el efecto beneficioso. Dando por supuesto que tanto en tu actuación como en tu intención tratas a la gente con respeto, asegúrate de que no son previsibles efectos secundarios malos desproporcionados respecto al bien que se sigue del efecto principal»

 

El principio de respeto no se aplica sólo a los otros, sino también a uno mismo. Así, para un profesional, por ejemplo, respetarse a uno mismo significa obrar con integridad.

 

Principio de Integridad

 

«Compórtate en todo momento con la honestidad de un auténtico profesional, tomando todas tus decisiones con el respeto que te debes a ti mismo, de tal modo que te hagas así merecedor de vivir con plenitud tu profesión».

 

Ser profesional no es únicamente ejercer una profesión sino que implica realizarlo con profesionalidad, es decir: con conocimiento profundo del arte, con absoluta lealtad a las normas deontológicas y buscando el servicio a las personas y a la sociedad por encima de los intereses egoístas.

 

Otros principios básicos a tener presentes son los de justicia y utilidad.

 

Principio de Justicia

 

«Trata a los otros tal como les corresponde como seres humanos; sé justo, tratando a la gente de forma igual. Es decir: tratando a cada uno de forma similar en circunstancias similares».

 

La idea principal del principio de justicia es la de tratar a la gente de forma apropiada. Esto puede expresarse de diversas maneras ya que la justicia tiene diversos aspectos. Estos aspectos incluyen la justicia substantiva, distributiva, conmutativa, procesal y retributiva.

 

Principio de Utilidad

 

«Dando por supuesto que tanto en tu actuación como en tu intención tratas a la gente con respeto, elige siempre aquella actuación que produzca el mayor beneficio para el mayor número de personas».

 

El principio de utilidad pone énfasis en las consecuencias de la acción. Sin embargo, supone que has actuado con respeto a las personas. Si tienes que elegir entre dos acciones moralmente permisibles, elige aquella que tiene mejor resultado para más gente.

 

La decencia es el valor que nos hace conscientes de la propia dignidad humana, por él se guardan los sentidos, la imaginación y el propio cuerpo, de exponerlos a la morbosidad y al uso indebido de la sexualidad.

 

   Posiblemente uno de los valores que habla más de una persona es la decencia, para vivirla se necesita educación, compostura, buena presencia y respeto por los demás, pero es muy notable la delicadeza que guarda respecto a la sexualidad humana y todo lo que de ella se deriva.

Ps. Nelly Ortega Angarita/11

 

About these ads
 
Deja un comentario

Publicado por en septiembre 11, 2011 en Uncategorized

 

Deja un comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

A %d blogueros les gusta esto: